Un profeta de Israel, Oseas, le dijo un día al pueblo de parte de Dios: "Mira, voy a seducirla llevándomela al desierto y hablándole al corazón" (Os 2,16).
Esta es la historia de toda monja: Dios nos trajo a la soledad, pero no nos dejó solas, nos confió
a un maestro: Benito de Nursia.
Y san Benito en su Regla, desde el primer momento
se dirige al discípulo diciendo: "Escucha, hijo, los preceptos del maestro e inclina el oído de tu corazón; acoge con gusto y cumple con eficacia los avisos del padre piadoso". Y así, siguiendo sus pautas aprendemos el arte de vivir en nombre de Jesús con su evangelio como norma suprema: "sigamos sus caminos, tomando por guía el Evangelio": San Benito es un maestro que nos inculca autenticidad, discreción, dinamismo,
amor al orden y a la paz, gran sentido de Dios.
"Vamos a establecer una escuela del servicio divino, en cuya institución no esperamos ordenar nada duro, nada penoso. Pero, si dictándola alguna razón de equidad, debiera disponerse algo un tanto más severo para nuestra enmienda y conservación de la caridad, no rehúyas enseguida, sobrecogido de temor, el camino de salvación, que no puede iniciarse sino por un principio estrecho. Pero, por el progreso en la vida monástica y en la fe, dilatado el corazón, córrese con inefable dulzura de caridad, por el camino de los mandamientos de Dios" (Santa Regla, prólogo).